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“La transformación digital de la Administración Pública no puede planificarse al ritmo de las subvenciones”

José Luis Verdú. Director del Área de Innovación y Agenda Digital. Diputación de Alicante

De los factores mencionados, algunos son transversales y afectan a todos los proyectos con independencia de su naturaleza, mientras que otros son específicos de cada ámbito. Permítame desarrollar cada uno:
Presupuesto. Es el riesgo más evidente y más inmediato. El fin de la financiación extraordinaria dejará a muchas administraciones locales con proyectos en marcha sin cobertura presupuestaria para su mantenimiento. Las diputaciones, que actuamos de intermediarias, asumimos además el riesgo de compromisos con municipios cuya capacidad económica es limitada.
Talento y retención de personal especializado. La captación y, sobre todo, la retención de perfiles TIC especializados es uno de los principales cuellos de botella de la Administración Pública. La competencia del sector privado en salarios y condiciones es difícil de igualar dentro del marco retributivo de las entidades locales. El propio Gobierno ha reconocido este problema convocando en 2026 más de 1.700 plazas tecnológicas —un 42 % más que el año anterior— e incluyendo por primera vez especialidades en Inteligencia Artificial, Ciberseguridad y Ciencia del Dato. Pero esta iniciativa beneficia principalmente a la Administración General del Estado; en el ámbito local, el problema persiste.

Compromiso con la transferencia de conocimiento. No basta con entregar un sistema funcionando. El proveedor debe asegurarse de que los equipos de la administración entienden lo que se ha implantado, cómo operarlo y cómo evolucionarlo. La dependencia tecnológica permanente del mismo proveedor es un riesgo que debemos evitar activamente.

Acompañamiento en la evolución y no solo en la implantación. Las necesidades tecnológicas de una administración cambian. Los proveedores que aporten valor son aquellos capaces de ofrecer una hoja de ruta de evolución, no simplemente de facturar el mantenimiento correctivo. Esperamos socios que piensen con nosotros a medio plazo.

Soluciones adaptadas a la realidad presupuestaria pública. Los ciclos de inversión en la administración local son distintos a los del sector privado. Los modelos de licenciamiento, de soporte y de actualización deben tener en cuenta esta realidad y ofrecer opciones que no comprometan la continuidad del servicio cuando no hay fondos extraordinarios.

Estándares abiertos e interoperabilidad. El uso de estándares abiertos no es solo una exigencia regulatoria: es una condición para que las administraciones puedan cambiar de proveedor cuando sea necesario sin perder el trabajo realizado. Cualquier solución que genere un lock-in excesivo debe ser rechazada desde el pliego.

Responsabilidad en materia de ciberseguridad y cumplimiento normativo. Los proveedores que acceden a los sistemas de una administración pública comparten la responsabilidad sobre la seguridad de esos sistemas y sobre los datos que gestionan. Esperamos que incorporen los requisitos del ENS, el RGPD y, cada vez más, los del Reglamento Europeo de IA como parte de su propuesta de valor, no como un coste adicional.

¿Algo más que añadir?
Me gustaría terminar con una reflexión más amplia sobre lo que hemos aprendido —o deberíamos haber aprendido— con los fondos Next Generation.
Europa ha puesto sobre la mesa una cantidad extraordinaria de recursos para acelerar la transformación digital y verde de sus administraciones y economías. En España, se han comprometido en torno a 163.000 millones de euros entre subvenciones y préstamos. Es una oportunidad histórica que no se repetirá en los mismos términos. Y, sin embargo, los datos muestran que la ejecución ha sido lenta, desigual y, en demasiados casos, orientada más a cumplir indicadores formales que a generar impacto real.
La lección más importante que extraigo de estos años es que la transformación digital de la Administración Pública no puede planificarse al ritmo de las subvenciones. La tecnología es un medio, no un fin. Si nos dejamos llevar por la urgencia de ejecutar los fondos, acabamos comprando tecnología que nadie sabe usar, implantando sistemas que nadie mantiene y generando proyectos huérfanos que desaparecen en cuanto se agota el dinero.
Lo que necesita la Administración Pública española es un modelo de transformación digital continuo, que no dependa de ciclos de financiación extraordinaria, que cuente con equipos estables y bien capacitados, y que esté guiado por una visión a largo plazo de qué servicios queremos prestar y cómo queremos prestarlos. Los fondos Next Generation han servido para poner sobre la mesa muchas posibilidades. Ahora el reto es decidir con cuáles quedarnos, cómo sostenerlas y cómo construir sobre ellas de forma inteligente.
En ese camino, la colaboración entre administraciones —diputaciones, ayuntamientos, comunidades autónomas, Estado— es tan importante como la tecnología en sí. La interoperabilidad no es solo un requisito técnico: es una forma de entender que los problemas de los ciudadanos no entienden de fronteras administrativas, y que las soluciones que los resuelven tampoco deberían construirse de forma aislada.