
Tras varios años de ejecución de los fondos Next Generation, ¿qué avances considera que han quedado realmente consolidados en las Administraciones Públicas y cuáles requieren todavía un mayor esfuerzo para garantizar su continuidad?
Los fondos Next Generation han marcado un antes y un después en la modernización de las Administraciones Públicas. Lo más visible es la consolidación de la relación digital con el ciudadano: más tramitación electrónica, más accesibilidad y una mejora clara en la prestación de servicios. También se ha reforzado la base tecnológica, especialmente en cloud, ciberseguridad y conectividad, y se ha avanzado en la incorporación del dato, la automatización y las primeras aplicaciones de inteligencia artificial en la gestión pública.
Ahora bien, la parte más compleja empieza precisamente ahora. Sigue faltando interoperabilidad real entre administraciones, evolución en los modelos de gestión y, sobre todo, capacidad para garantizar la continuidad de las iniciativas una vez desaparece la financiación extraordinaria. En otras palabras: se ha avanzado mucho en poner proyectos en marcha, pero el reto de los próximos años será convertirlos en capacidades permanentes de la Administración y no en actuaciones aisladas.
¿Qué elementos son imprescindibles para garantizar la sostenibilidad de los proyectos una vez finalizada la financiación extraordinaria?
La sostenibilidad no es solo una cuestión tecnológica. Es, sobre todo, una cuestión de modelo. Para que los avances no se diluyan hacen falta cuatro elementos. El primero es una gobernanza sólida del dato y de la tecnología, que permita priorizar inversiones, medir resultados y alinear los servicios con necesidades reales. El segundo es pasar de la lógica de subvención o proyecto puntual a una lógica de servicio continuo: si una solución funciona, tiene que poder mantenerse y evolucionar con normalidad.
A eso se suma un tercer factor decisivo, que es el talento. La Administración necesita capacidades internas para operar, gobernar y mejorar las soluciones implantadas. Y, por último, hay que apostar por arquitecturas abiertas, interoperables y escalables, que eviten dependencias excesivas y faciliten la evolución futura. La verdadera sostenibilidad, así lo entendemos en Izertis, empieza cuando una iniciativa deja de verse como algo extraordinario y pasa a integrarse en el funcionamiento ordinario de la Administración.
¿Qué errores deberían evitar las Administraciones para que las inversiones realizadas no pierdan impacto en los próximos años?
El principal error sería no evolucionar el modelo de gestión una vez superada la fase de inversión. En estos años, la urgencia por ejecutar fondos ha permitido acelerar muchas iniciativas, pero también ha favorecido, en algunos casos, proyectos valiosos, pero demasiado desconectados entre sí. Mantener esa lógica fragmentada sería un riesgo claro.
También sería un error depender en exceso de financiación puntual sin prever cómo sostener después las soluciones. Y otro, igual de relevante, sería pensar que la tecnología transforma por sí sola las organizaciones. Sin adaptación de procesos, sin cambio cultural y sin una estrategia global, muchas iniciativas corren el riesgo de quedar infrautilizadas o de perder tracción. El siguiente paso debe ser una transformación más integral: menos centrada en ejecutar proyectos sueltos y más en generar valor público medible y duradero.
¿Qué prioridades tecnológicas y organizativas deberían marcar la agenda de las Administraciones Públicas durante los próximos cinco años para consolidar los avances logrados?
La agenda de los próximos años debería construirse sobre una idea sencilla: la transformación digital solo se consolida si avanza a la vez en lo tecnológico, lo organizativo y lo normativo.
En el plano tecnológico, el dato y la inteligencia artificial deben dejar de ser experimentales para convertirse en capacidades estructurales. Lo mismo ocurre con las arquitecturas cloud híbridas, las plataformas compartidas, la interoperabilidad o la ciberseguridad, que ya no puede entenderse como un complemento, sino como una condición de base.
En el plano organizativo, la gran prioridad es pasar de una gestión por proyectos a una gestión por productos y servicios, con continuidad, métricas y orientación al valor público. Eso exige impulsar cultura del dato, innovación útil y más talento digital interno. Y, junto a ello, será clave acompasar los marcos normativos y de gestión a la velocidad de tecnologías como la automatización, el cloud o la IA. El desafío ya no es demostrar que la tecnología puede transformar la Administración porque eso ya se ha comprobado. El reto está en crear las condiciones para que esa transformación se sostenga, escale y genere resultados duraderos.
¿Cómo debería evolucionar la colaboración entre Administraciones Públicas y proveedores tecnológicos para maximizar el valor de las inversiones realizadas?
La colaboración público-privada debe evolucionar hacia un modelo más maduro y estratégico. La velocidad del cambio tecnológico hace cada vez menos útil una relación limitada al esquema clásico de cliente y proveedor. Lo que se necesita es una colaboración orientada a resultados, con visión de largo plazo y foco en el servicio público que se quiere construir.
Eso implica trabajar con modelos más centrados en la generación de valor que en la mera ejecución, e incorporar una transferencia real de conocimiento para que la Administración refuerce sus propias capacidades y no dependa exclusivamente de terceros para sostener su transformación. También es importante favorecer ecosistemas abiertos, en los que convivan grandes compañías, pymes especializadas y startups, porque la innovación pública será más rica cuanto más diverso sea el ecosistema.
Cuando esa relación se basa en confianza, conocimiento compartido y objetivos comunes, no solo se acelera la innovación: también mejoran la calidad, la resiliencia y la sostenibilidad de los servicios públicos. Ese debería ser el horizonte de la próxima etapa.
¿Algo más que añadir?
Estamos en un momento decisivo. Los fondos europeos han servido para acelerar la digitalización, pero ahora el desafío es otro: consolidar, integrar y hacer evolucionar lo construido con una lógica estructural. La siguiente fase pasa por Administraciones más ágiles, interoperables, seguras y orientadas al dato, pero también más preparadas para gestionar el cambio de forma sostenida.
En última instancia, de lo que se trata y en lo que Izertis trabaja es de convertir la transformación digital en una capacidad estable de creación de valor público, con impacto tangible en la vida de los ciudadanos y en la eficiencia de los servicios.



